TARDES DE ZAPOTLAN

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TARDES DE ZAPOTLAN

Las tardes de ahora en Zapotlan no se parecen en nada a las
tardes aquellas de hace sesenta anos. Aquellas tardes
campesinas tenian su olor tan especial: olor a panaderia, a
ubres de vacas paridas, a pepena y carne asada. Un tono
azuloso las envolvia carinosamente. Las tardes de ahora no se
parecen. Son tardes de vehiculos, de muchachas y muchachos
estudiantes de secundaria, de preparatoria, de facultad, de
preciosas minifaldas seductoras. En aquel tiempo eramos tan
pocos en la escuela! De seis a ocho grupos en la Chavez
Madrueno. No habia otra escuela que tuviera quinto y sexto.
Alli conviviamos los pobres con los ricos, los sencillos con
los fatuos. En la escuela elemental Benito Juarez, que estaba
donde hoy se encuentra el teatro del portal, habia unicamente
hasta cuarto ano. Lo mismo sucedia con las ninas:
unicamente dos escuelas, la del fronton hasta cuarto y en la

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superior, hasta sexto, que lleva ahora el nombre de Mercedes
Madrigal.
En octubre, desde el salon de cuarto y de segundo, en
la Benito Juarez, veiamos el volantin de los "Cachicatos" y la
rueda de la fortuna enfrente del portal Herrera y Cairo; la silla
voladora frente a lo que ahora es el obispado, la casa de
Mamerto, carpa con un manteado giratorio y dos bancas
centrales que oscilaban mas o menos cincuenta grados, y las
carpitas de tiro al blanco con figura de hojalata a las que se
les tiraba con pequenos rifles de postas. El volantin del los
cachicatos era un "tio vivo" rustico, sin motores. Los motores
eramos todos los chiquillos que, temprano, ibamos a ganar
varilla. De las varillas centrales que sostenian el volantin,
todos los chiquillos con zapatos o sin ellos, le dabamos
vuelta. Un indio enorme, pagado por los "cachicatos", con un
latigo en la mano, cuando veia que nos sentabamos en el piso
del volantin mas de una vuelta, a chicotazos nos recordaba
que teniamos que bajarnos a seguirle dando; aun asi, a

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nuestro pesar, algunas veces pagabamos hasta dos centavos
por varilla a los que la habian ganado. Nos resultaba muy
placentero correr y correr cuatro o cinco vueltas y luego
sentarnos una o dos cuando el indiote aquel no nos veia.
Nunca pude subirme a la rueda de la fortuna, y mucho menos,
a la silla voladora.
Comprarse un peron en los puestos de tejamanil que
bordeaban el jardin: imposible. Veiamos aquellas cargas y
cargas de perones amarillos, cristalinos, que saboreabamos
con la imaginacion. No me explico como habia tantos puestos
de perones, de dulces, de bisnagas, de calabaza y camote
cubiertos, de higos, de datiles, de pasas, cacahuates y canas
de azucar, suaves y delgaditas que se llamaban criollas.
Por todo el costado poniente del jardin cinco de mayo
y parque Juarez (ahora uno solo) se instalaba en octubre
tambien "la Partida". Miles y miles de pesos de plata 0.720
formaban grandes hileras en rusticas armazones de madera en
interminables contadores. En esos juegos de azar, nunca vi

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que usaran billetes; tal vez los usarian, pero era un
espectaculo impresionante el ver mas de doscientos cincuenta
metros de largo llenos de plata que ganaban y perdian todos
aquellos jugadores en las ruletas y en los albures. Como que
recuerdo que ese gran espectaculo de plata se acabo cuando
entramos en problemas con los gringos por aquello de la
expropiacion petrolera; no estoy seguro.
Ah! Cuantos suenos, cuantas ilusiones, cuanto
aliciente para vivir, para triunfar, para trabajar para poder
comer! Y en derredor del jardin las muchachas de ensueno:
hermosas como siempre, romanticas y sonadoras algunas;
otras prosaicas, pero todas, encantadoras.
Que tardes de Zapotlan, dando vueltas en el jardin
cinco de mayo o en el parque Juarez, aquel hermoso parque
de naranjos y grandes laureles en sus ocho calles; aquel
parque que en el costado nororiental tenia un quiosco de
azulejos poblanos en el que las indias por la manana, frescas
como sus flores, deleitaban la vista con el colorido y el olfato

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con el perfume de cientos y cientos de flores: de margaritas,
estrellitas, rosas, claveles, jazmines crisantemos, alcatraces,
estrellitas, gladiolas, nardos, nube y que mas! Ese quiosco
precioso que la bestia tuxpaneca mando demoler. Quiosco
lleno de ilusiones. Ahi los muchachos compraban sus ramos
de a centavo, de a dos, de a cinco, ah, las gardenias que caras
eran! Pero aquella guerita valia la pena. Valia la pena el
sacrificio de comprar una gardenia, de llegar junto a ella y
decirle: senorita, me recibe esta flor?

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LA ARPIA

Como todas las mananas de Zapotlan, esa manana fria en que
senti la maldad por primera vez, estaba tambien llena de sol.
Habian pasado ya algunas verduleras que venian de la laguna
y canjeaban con mi abuelita flores de obelisco por hermosos
y grandes jitomates que al salir de la escuela, partidos por
mitad, nos comiamos con sal apresuradamente.

Pocas veces se acostumbraba el atole blanco,
solamente cuando uno estaba enfermo. El caso es que ese dia
imborrable me mandaron a la casa de Jose el huarachero a
comprar atole. En el pasillo habia hormas de madera con
correas tejidas sobre una planta de cuero, un corto corredor
de tierra, un patio chico y enfrente, un pretil bajito, tambien
de lodo, nuevecito! Parecia hecho de tepetate amarillo con
su entrada para la lena, una boca redonda para el comal, otra
mediana para la gran olla del atole y dos mas chicas en que
hervian los frijoles y el cocido. Tan limpia y tan bien hecha.

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Yo volteaba para todas partes sorprendido, emocionado,
embelesado ante aquella cocina de lodo tan clara y tan
diferente, cuando la primera tormenta de maldad cayo sobre
mi pequena humanidad: una "vieja" flaca y larga, de ojos
grandes, boca grande, manos grandes y orejona, con una voz
ronca me dijo: Miralo, parece anima guzga! Ah! cuanto
dano me hicieron en la casa al no hablar mal de la gente, al
no decirme que habia gente malvada, gente ofensiva, gente
que lo lastima a uno sin saber por que, gente que odia, que
supone cosas, gente que arranca la felicidad, que causa dolor.
Porque en la casa, la honradez, la bondad, eran cosas
naturales. Nunca nos hicieron carinos, nunca nos dijeron
frases de amor; unicamente los hechos, los hechos reales, el
ejemplo y la conducta que todos los dias hablaba de amor, de
honradez y de bondad.

Hasta este mes de diciembre de 1988 conoci el
nombre de aquella mujer, que tanto dolor me causo. Ninguno
de sus parientes recordaba su nombre. Pasaron mas de

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cincuenta anos y un dia se me ocurrio preguntarle a Dona
Maria Ochoa, senora bonita de grandes ojos y gran corazon,
ella se acordo del nombre de aquella mujer flaca y larga. Se
llamaba Irinea.

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LA COMADRE

La tercera agresion que recuerdo fue en 1934. Habiamos
logrado que Don Luis Leal, con la tela de un saco viejo y
desbaratado de mi papa, me hiciera un flamante traje de saco
y pantalon corto. Una tarde de sabado mi mama me puso el
traje, unos zapatos nuevos y me llevo a la casa de su
comadre. Esta, al abrir el cancel y viendome de arriba abajo,
con su voz mormada voltea y le dice: que catrin lo traes! De
un golpe mato la ilusion del trajecito negro, el trabajo de
tantos dias para desbaratar el saco negro y el favor de Don
Luis por su amistad.

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DE LA ABUNDANCIA DEL CORAZON HABLA LA
LENGUA


Como empezaremos? Ahora es veinticuatro de diciembre.
Ya no me acuerdo de muchas navidades! Como aquella que
me trajo el nino un tamborcito de hojalata, pintado de
amarillo, con soldaditos dibujados alrededor. Fue la primera
navidad en que me dieron un regalo. He de haber tenido ocho
o nueve anos. Al ano siguiente, me dieron una pistolita de
lamina negra, con un resorte en el canon; se le introducia un
dardo que al jalar del gatillo, salia disparado con una ventosa
en la punta. Tampoco se me olvida, una navidad anterior. Esa
navidad me di cuenta que en el hospital estaban regalando
ropa. En la casa no me querian dejar salir, pero me "arme" y
me fui al hospital; entre por la puerta chica que da al corredor
del sur. La fachada de ladrillo no estaba enjarrada ni los
corredores; el piso era de ladrillo de sombra, al fondo junto a
la capilla habia mucha gente. Alguien que no pude ver, detras

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